“LAS PRECIOSAS RIDÍCULAS”
La primera obra maestra –encantadora e inmortal- de Molière fue Les précieuses ridicules, estrenada en París en 1659. Por lo tanto, está cumpliendo apenas trescientos cincuenta encantadores años de vida.
Hace trescientos cincuenta años Luis XIV, rey de Francia, ya había acuñado su lema L’etat c’est moi, “el Estado soy yo”. El absolutismo, el mercantilismo, la exaltación religiosa, las ciencias y el racionalismo (mal asimilado) estaban en su apogeo. Desde Versalles la cultura cortesana francesa irradió a toda Europa; se consideraba “francés” la elegancia, la sutileza, el refinamiento, el savoir-faire, pues.
Esa cortesana cultura se convirtió en la liturgia de la nueva religión del Estado, extendiéndose la alegría profana y la teatralidad. Fue una época que se escenificó a sí misma con sus jubones y chalecos, cuellos chorreados de fino encaje, miriñaques bajo las faldas, acaireladas pelucas, rostros empolvados con boquitas de corazón, mejillas sonrosadísimas, lunares… Luis XIV le dio a su sistema de gobierno un estilo, una dramaturgia, un escenario. Y encontró en el arte Barroco la forma ideal de manifestarse, por sus efectismos y brillante superficialidad, mientras había disturbios civiles sangrientos y los campesinos se morían de hambre y de frío.
Cuando el alegórico Luis XIV tenía quince años, apareció en escena como roi soleil (Rey Sol) en un Ballet. Más tarde nació la comedia-ballet con Molière y Lully, en la que constantemente participaba. La música, siempre presente: mientras el rey cenaba a las diez de la noche “al gran cubierto” (en público), se escuchaban las Sinfonías para la Cena del Rey, que Delalande había compuestocomo parte del ritual.
Luisito adaptaba en Versalles, su residencia de campo, efímeros teatros al aire libre. El más espectacular fue el de dos mil asientos y un escenario de doce metros iluminado por trescientas luces colocadas en arañas de cristal. El otro, llamado Teatro del Agua, era una plaza redonda con gradas de césped junto a un estanque. Ópera, conciertos, danza, espectáculos circenses y teatro. Mucho teatro. El consentido: Jean Baptiste Poquelin, llamado Molière, actor, director y escritor de sátiras.
Molière y su compañía al fin van a actuar ante el aún joven rey. La obra escogida ha sido la tragedia Nicomedes de Corneille. ¿Por qué elige esa obra? Porque en ella se hace una defensa de la monarquía absoluta. Lo que podría agradarle al soberano. Pero Molière no tiene ángel apolíneo para la tragedia: su estatura no es majestuosa, su voz se corta con hipos (señales de poco aliento) que evitan la emisión ininterrumpida de las grandes tiradas de los versos trágicos; sus facciones son gruesas, sin distinción, no le van los papeles de príncipe.
La representación sólo levanta aplausos corteses. Entonces Molière pide permiso a la noble audiencia para agregar un paso de comedia como pilón, unas “escenas de risa” que le han dado reputación en provincia. El rey accede. Y espera, porque nada está listo. Y sigue esperando la aparición de los comediantes que están escondidos y susurrando asustados porque no se acuerdan del libreto.
Molière les pide a sus artistas lo que hacen las compañías de la Commedia dell’Arte italiana (raíces de la Comedia Francesa y por qué no decirlo, también del teatro regional yucateco): la capacidad de hacer las cosas rápido y bien. Los actores entonces improvisan una farsa que hace reír a carcajadas al soberano, quien al día siguiente les otorga la sala de Petit-Bourbon (contigua al Louvre) para representar sus comedias.
La soberana risa decidió una carrera, orientó a un artista que no sabía hasta entonces cuál iba a ser su verdadero camino. Sería la comedia, la farsa, las caricaturas para las que sí tenía el rostro, el cuerpo y el espíritu dionisíaco. Que compusieran tragedias Racine y Corneille, él reinaría solito en otro género, escribiendo, dirigiendo y actuando hasta su muerte en 1673 casi en el escenario, saturado de tuberculosis, dentro de su propia sátira.
En la historia del teatro francés, Molière quedó como una excepción extraordinaria. Ninguno de sus sucesores supo afrontar la realidad y la teatralidad con tal coraje y agudeza. El teatro fue cátedra y tribuna con ese polémico gran burlón, ese flagelador de vicios y engaños, ese diseccionador del alma humana que fue autor, entre otras, de El enfermo imaginario (con la que murió), El burgués gentilhombre, El misántropo, La escuela de las mujeres, Tartufo (por la que lo excomulgaron), Don Juan, El médico a palos, El avaro, Las mujeres sabias y Las preciosas ridículas (la de mayor éxito taquillero en su momento).
La importancia histórica de Molière radica en que sus personajes siempre tienen un pie en la actualidad (relación con su propio tiempo y sus costumbres) y el otro pie en la permanencia (relación con el tiempo y las costumbres absolutas). Sus obras han resistido y digerido -como las de Shakespeare-, todas las propuestas de montaje imaginables; son “fortalezas inatacables, edificios eternos del teatro y de la lengua, cumbres no igualadas del género cómico”, dice el dramaturgo Rafael Solana en el prólogo del libro Comedias de Molière, Editorial Porrúa.
Por algo Nelson Cepeda (destacado actor y director teatral uruguayo radicado en Mérida desde hace varios años, y con experiencia probada en cuestiones de teatro pedagógico estudiantil) eligió Las preciosas ridículas. ¿Para hechizarnos con aquel charme? ¿Para engolosinarnos con una mousse au chocolat por el tricentésimo quincuagésimo aniversario de la obra? ¿Para reflexionar riendo sobre la ridiculez de lo “preciosista” chabacano? Si las preciosas llegaran a esta época, no se sentirían tan desfasadas; también ahora estamos abigarrados de influencias absurdas. Veremos cuál es su propuesta escénica con los alumnos y en el auditorio del Tecnológico de Progreso, el jueves 25 a las ocho de la noche.
Elena Novelo.