Por María José Pasos
El destierro es redondo:
Un círculo, un anillo
Le dan vuelta a tus pies (…)
Hay que pensar un poco en esta imagen. En el círculo del exilio que conduce inevitablemente a la mala memoria: una oportunidad de volver a escribir, de contar con los brazos, con los ojos y la “cara que parece que hemos visto en algún lado, en otro tiempo”. Esto es la poética del olvido, una brillante capacidad de ser nosotros mismos, acá lejos, donde sólo contamos con lo que le contamos al otro. Reconstruimos, a través de retazos, residuos, pedazos de la historia que también a nosotros nos contaron, y que alguna vez nos hizo pertenecer a un país, a un lugar de origen.
Pero pertenecer a un lugar es también pertenecerle a otro, estar atado a una lengua, estar amarrado a lazos familiares que también, a su tierna manera, nos lastiman.
El destierro es redondo. Y esta imagen ya rondaba en Arístides Vargas al momento de concebir Nuestra Señora de las Nubes .
Basta con traer a la memoria las constantes repeticiones con las que vuelve al mismo nudo del círculo que se ata entre cada uno de los personajes que presenta. La repetición, en el texto, y, particularmente, en el montaje de Nelson Cepeda que este fin de semana concluye funciones de su primera temporada en el Tiovivo, me trajo inmediatamente a la memoria este epígrafe, con el que abro la evocación (pues no se trata más que de eso) de la representación de esta obra.
De repente pienso. ¿Cuántos destierros vivimos ahora? Arístides, el dramaturgo del exilio, construye su poética a través de pequeñas muertes-destierros. Por eso constantemente observamos en sus obras cómo dos personajes se transmutan en cientos, llegando a morir en el escenario conforme nos presentan los restos de una tribu, un pueblo o un país.
Con esto parece decirnos que el exilio no es sólo el abandono forzado de un territorio, sino un juego de la memoria que, de hecho, tanto tu como yo tenemos varias veces, en un mismo día.
Nuestra señora de las nubes presenta al espectador distintas imágenes del exilio, desde la poderosa presencia de dos personajes que se re-encuentran a cada momento y se reconocen como habitantes y desterrados de un mismo país imaginario: Nuestra Señora de las Nubes. Y es esto mismo: ser de Nuestra Señora de las Nubes lo que marca la convivencia de estos dos hablantes. ¿De qué puede tratarse ser de un país que ya no te cuenta entre los suyos? Y ese no querer contarte entre nosotros no se resume a un abandono físico del lugar de origen. Hay tantas maneras de exiliarse dentro de un país, que a diario nos topamos en la calle con fantasmas que no se cuentan entre nosotros. Los exiliados de su lengua, a quien obligamos día con día a comunicarse en español; los exiliados de nuestra implacable razón que hemos designado insanos, las exiliadas y exiliados de pensamiento, de ese pensamiento totalizador que los induce al silencio.
¿De qué puede tratarse, para ellos, para nosotros, ser de este país que nos excluye?
Hallas hermanos; pero no es tu sangre:
Eres como un fantasma avergonzado
De no amar más a los que tanto te aman.
Son muchas las preguntas que este montaje deja abiertas, y que va sacando de dos baúles convertidas en anteojos, sombreros, corbatas, camisas, bolsas, mientras nos presenta a sus personajes, habitantes todos de ese mismo y diverso país: Nuestra señora de las nubes. Esto es lo más valioso, a mi juicio, del montaje de Cepeda. Las preguntas que deja que Arístides nos haga, al oído o a quemarropa. Las preguntas que el director deja, generosamente, que los actores se formulen a través de su cuerpo. Esta encarnación que es el teatro. Esta re-territorialización que nos brinda. El obsequiarnos como respuesta que el escenario: nuestras propias trincheras de lucha cotidiana, son, al fin y al cabo, nuestro verdadero país de origen.
Podría decir muchas cosas de este montaje: los símbolos que circularmente se presentan, y van saliendo de un baúl para, al final, entrar en otro: un pequeño cofre compartido. Una nueva memoria colectiva, hecha de residuos y escrita por voces que no por fallecidas dejan de hablarnos. Sólo quiero hacer hincapié en el trabajo de Alejandra Argoytia y Miguel Ángel Canto. Dado que esta obra se construye gracias a los actores, y sobre todo, porque este par de actores supieron ganarse minuto a minuto su propio territorio. La piel se eriza cuando Alejandra Argoytia se transforma en una abuela con voz de destino, con el rostro iluminado mientras le susurra a Memé que sólo a través de la libertad es como podemos caminar por este y por cualquier país del mundo.
Y, por su parte, Miguel Ángel Canto sabe corresponderle con la alegría ingenua del nieto que sabe que la abuela no está muerta.
Me parece, sobre todo, que en este momento, en este año, a estas alturas de la vida, escoger ese texto y elegir este teatro es necesario. Un proyecto como Nuestra señora de las nubes hace cada vez más falta porque hay cosas que son necesarias decir. Y yo siempre me pregunto ¿por qué se escogen esos textos y no otros, para un montaje? Cuando hay tantos discursos necesarios, elegir decir algo y tener la capacidad de ser escuchados es un compromiso contra el silencio.
No sé si logro explicarme.
De cualquier forma pienso en Arístides, que se exilia en su propia escritura. La suya no es una poética del territorio, sino de la evocación, y es algo tan frágil que se escapa de las manos. Ese es el riesgo de montarlo. Traerlo a la tierra sin destrozarle las alas. Darle un cuerpo a lo que nos susurra.
Quiero decir que el valor de este montaje es crear en algunos momentos, muy frágiles y fugaces, esa atmósfera que devuelve la esperanza a este grupo de exiliados.
(Todos los versos de Pablo Neruda).Fotografía de felipeMazzoo

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