miércoles 14 de abril de 2010

Silencio en la casa de nubes

¿De qué otra manera sino a través del arte se puede sublimar la catástrofe del exilio? La obra Nuestra Señora de las Nubes del dramaturgo argentino Arístides Vargas es una poética de inconformidad contra un Estado que absorbe, la expresión de un anhelo de libertad para alzar la voz ante la vida tiranizada de un país imaginario, que se apaga y se paga con el destierro. Nos muestra también que el exilio y la discriminación tienen diversas formas, aun en casa y propiciadas por nuestra misma gente.
Al entrar en el espacio teatral nos topamos con la magia que generalmente se da a puerta cerrada: los actores trabajan su circunstancia frente a nuestros ojos. En la intimidad del incienso, de un solo respiro y de una rápida ojeada el público comienza a ser penetrado por el ambiente. La intención es que el aroma de ritual vuele hacia todas partes y nos invite a no olvidar el humo del sacrificio, esa vetustez más actual que nunca.
La ausencia de escenografía ampara la creación de atmósferas visuales; el vestuario intemporal, con ligeros tintes folklóricos (diseño y realización de Ekmanuel), nos ubica en Latinoamérica. La obra inicia con un canto joven en la voz de María San Felipe, acompañada en vivo por la guitarra del diseñador sonoro Gabriel Moreno, abriendo el cielo para redrojear entre nimbos el rincón, el papel o el cajón donde permanecen suspendidos los recuerdos de una exiliada maravillosa.
Un penachito plumario decora el cabello de Bruna (Alejandra Argoytia), la que llora cuando nadie la ve, la que mira los pájaros, busca las palabras en nuestros espejos y se acaricia con una plumilla blanca mientras Óscar, el otro exiliado (Miguel Ángel Canto) escribe. Están descalzos, y aunque les han llovido las mismas nubes, no se conocían. Los extranjeros, dice él, son gente triste porque extrañan su país, su madre. Deben callar, dice ella, porque los que no poseen casa lo único que tienen es el silencio… Tal vez orinen rosas o arcoiris mientras duermen en el aire del país que los hirió; quizás necesiten de otro para sostenerse o lastimarse, como la otra pluma roja que ella coloca en el pecho de su canesú.
Entonces, con el corazón reinventan su pueblo, tan lejano e impalpable, colgado en los altostratos de sus historias; hasta ahí vuelan los conjuros que van dando vida a algunos habitantes, sacados con delicadeza desde el fondo de una música recordada que irá marcando las temporalidades y las transiciones a varios tonos y estilos teatrales.
Un paliacate, una cuerda y jirones arrugados de un velo de novia, son los objetos que los transforman en un padre que amarra y maneja a su hija bárbaramente, con la urgencia de que ella misma se le ofrezca a los hombres para quitarle ya ese aliento a flores secas, y en una casi niña-animal o una ciruelita con la soledad en las manos vírgenes, sin sortija, una montaña oscura con cima de nieves que aún no desea que se le derritan en sus senos, pálida de oscuridad y de frío, una “tontolona solollanto” que le propone incesto a su brutal patriarca (las mujeres siempre tienen la culpa ahí).
Así se funda Nuestra Señora de las Nubes, con la misma sangre que se va amazacotando con otros clanes y diversas razas, dando vida a todos familiares, parientes torpes de la avaricia, la soledad y la discriminación, que comparten nubosidades, copas y risas mientras se pelean la batuta.
Una anciana es quien resguarda esa memoria que huele a jungla genealógica, quien se ríe junto con su nieto cretino del pueblo dudoso, condenado a la complicidad entre el poder llevado a ultranza y la sigilosa lengua de la comunidad sometida. Bruna piensa que el exilio también es un problema de abrazos, ella abrazó lo imperdonable: las ideas, por eso la expulsaron, pero le salieron alas; le gusta cuando son las alas las que abrazan. A Óscar lo mataron el silencio y el olvido de los vecinos, esos que viven en el mismo callando pero no haciendo la misma patria.
Un humor ácido merodea las reflexiones de ambos, que rezuman dolor y ternura; viven seducciones y desesperanza, existen deseo y promesa en esas almas, hilachas de aquel velo de novia con las que bordan el génesis y el éxodo de su país ¿inventado?
No sé cómo cataloga este montaje la crítica especializada. Yo pienso que es una puesta en escena impecable de Nelson Cepeda, un acontecimiento de verdaderos oficios teatrales, con una actriz magnífica en todas sus encarnaduras y demoledoras corporalidades bajo la luz cenital, y un actor que deja resonando sus personajes más allá de sus nombres.
Asistir a esa experiencia es ligarse a la realidad comunicada en otro nivel, quitarle el cerrojo al milenario cofre de la hondura teatral, y dejar salir un delirio poético que al final amortaja a los personajes en un semicírculo de objetos-símbolos evocativos. Al renacer una vez más, encierran sus recuerdos en el mismo cofre para seguir cargando su caminata por la oscuridad, de frente a la moneda girando en el aire de una canción, hacia un destino conmovedor aferrado a los cirrus… Que no se quiebren pronto las brillantes esferas de sus palabras. Que sigan contando, para ser contados. Que no haya cúmulos de silencio.