lunes 26 de abril de 2010

Sorprende “Nuestra Señora de las Nubes”

(20/04/2010 01:46:00 Noticias de Cancun)
Noticias de Cancun. - Los actores “atraparon” al público asistente.
Noticias de Cozumel
Noticias de Cancun. - “Nuestra Señora de las Nubes” es la puesta en escena que se presentó en el auditorio “Lic. Pedro Joaquín Coldwell” del Museo de la Isla, el sábado 17 pasado a partir de las 20:00 horas. Dirigida por Nelson Cepeda Borba e interpretada por Alejandra Argoytia y Miguel Ángel Canto.
El público asistente fue invitado por la Fundación de Parques y Museos de Cozumel, Quintana Roo (FPMCQROO), en el marco de los festejos de su vigésimo tercer aniversario.
La obra del argentino – exiliado en Ecuador – Arístides Vargas, presentó distintas imágenes del exilio, desde el encuentro de dos personajes que se reencuentran a cada momento (“su cara se me hace conocida, la he visto en algún lado, en otro tiempo”) y se identifican como habitantes desterrados de un mismo país imaginario.
En su momento, el autor dijo que el título viene de una ocasión en que, recorriendo la parte andina del Ecuador, llegó a un pueblo abandonado; todos los habitantes habían emigrado. El pueblo se llamaba “Nuestra Señora de las Nubes” y pensó que cuando hiciera una obra e intentara reconstruir la memoria de un pueblo, se llamaría así.
En esta puesta en escena, el director Nelson Cepeda intenta traspolar su propia experiencia, de lo vivido como uruguayo radicado en Yucatán y las tantas maneras de exiliarse que, a diario, percibe en la calle: los exiliados de lengua, de apellido, de raza, de religión, de su situación socioeconómica, de las personas que tienen un despertar de conciencia y que por lo mismo, se autoexilian, al no pensar más como los demás.
Además, destacó que esta obra “es el resultado de una búsqueda de poder expresarse políticamente, a través de otras palabras”. La elección del guión, se dio por Raquel Diana, (dramaturga y actriz de “Los Ojos Abiertos de Ella”, anterior puesta en escena de Nelson Cepeda) y Vivian Martínez Tabares (crítica e investigadora teatral, editora y profesora), quienes le proponen al director uruguayo montarla con una perspectiva más actualizada.
Basados por los casi poéticos textos de Vargas que manejan el olvido, los personajes pueden ser ellos mismos; sólo son lo que le cuentan al otro, lo que recuerdan. Pero dejan entrever que pertenecer a un lugar es también pertenecerle a otro. “Las patrias, son las patrias afectivas. Allí donde tengas tus afectos, será tu patria”, ha señalado Arístides Vargas en su momento.
Mientras van sacando de dos baúles anteojos, sombreros, corbatas, bolsas…, los actores Alejandra Argoytia y Miguel Canto presentan a sus personajes; habitantes, todos de ese mismo lugar. Con expresiones faciales, con su cuerpo, los actores plantean situaciones y cuestionamientos. Al final, todos los elementos sacados de los baúles, entran a un pequeño cofre. Una nueva memoria compartida, hecha de las historias contadas entre esas personas, cuyas caras les parecen conocidas.

miércoles 14 de abril de 2010

Silencio en la casa de nubes

¿De qué otra manera sino a través del arte se puede sublimar la catástrofe del exilio? La obra Nuestra Señora de las Nubes del dramaturgo argentino Arístides Vargas es una poética de inconformidad contra un Estado que absorbe, la expresión de un anhelo de libertad para alzar la voz ante la vida tiranizada de un país imaginario, que se apaga y se paga con el destierro. Nos muestra también que el exilio y la discriminación tienen diversas formas, aun en casa y propiciadas por nuestra misma gente.
Al entrar en el espacio teatral nos topamos con la magia que generalmente se da a puerta cerrada: los actores trabajan su circunstancia frente a nuestros ojos. En la intimidad del incienso, de un solo respiro y de una rápida ojeada el público comienza a ser penetrado por el ambiente. La intención es que el aroma de ritual vuele hacia todas partes y nos invite a no olvidar el humo del sacrificio, esa vetustez más actual que nunca.
La ausencia de escenografía ampara la creación de atmósferas visuales; el vestuario intemporal, con ligeros tintes folklóricos (diseño y realización de Ekmanuel), nos ubica en Latinoamérica. La obra inicia con un canto joven en la voz de María San Felipe, acompañada en vivo por la guitarra del diseñador sonoro Gabriel Moreno, abriendo el cielo para redrojear entre nimbos el rincón, el papel o el cajón donde permanecen suspendidos los recuerdos de una exiliada maravillosa.
Un penachito plumario decora el cabello de Bruna (Alejandra Argoytia), la que llora cuando nadie la ve, la que mira los pájaros, busca las palabras en nuestros espejos y se acaricia con una plumilla blanca mientras Óscar, el otro exiliado (Miguel Ángel Canto) escribe. Están descalzos, y aunque les han llovido las mismas nubes, no se conocían. Los extranjeros, dice él, son gente triste porque extrañan su país, su madre. Deben callar, dice ella, porque los que no poseen casa lo único que tienen es el silencio… Tal vez orinen rosas o arcoiris mientras duermen en el aire del país que los hirió; quizás necesiten de otro para sostenerse o lastimarse, como la otra pluma roja que ella coloca en el pecho de su canesú.
Entonces, con el corazón reinventan su pueblo, tan lejano e impalpable, colgado en los altostratos de sus historias; hasta ahí vuelan los conjuros que van dando vida a algunos habitantes, sacados con delicadeza desde el fondo de una música recordada que irá marcando las temporalidades y las transiciones a varios tonos y estilos teatrales.
Un paliacate, una cuerda y jirones arrugados de un velo de novia, son los objetos que los transforman en un padre que amarra y maneja a su hija bárbaramente, con la urgencia de que ella misma se le ofrezca a los hombres para quitarle ya ese aliento a flores secas, y en una casi niña-animal o una ciruelita con la soledad en las manos vírgenes, sin sortija, una montaña oscura con cima de nieves que aún no desea que se le derritan en sus senos, pálida de oscuridad y de frío, una “tontolona solollanto” que le propone incesto a su brutal patriarca (las mujeres siempre tienen la culpa ahí).
Así se funda Nuestra Señora de las Nubes, con la misma sangre que se va amazacotando con otros clanes y diversas razas, dando vida a todos familiares, parientes torpes de la avaricia, la soledad y la discriminación, que comparten nubosidades, copas y risas mientras se pelean la batuta.
Una anciana es quien resguarda esa memoria que huele a jungla genealógica, quien se ríe junto con su nieto cretino del pueblo dudoso, condenado a la complicidad entre el poder llevado a ultranza y la sigilosa lengua de la comunidad sometida. Bruna piensa que el exilio también es un problema de abrazos, ella abrazó lo imperdonable: las ideas, por eso la expulsaron, pero le salieron alas; le gusta cuando son las alas las que abrazan. A Óscar lo mataron el silencio y el olvido de los vecinos, esos que viven en el mismo callando pero no haciendo la misma patria.
Un humor ácido merodea las reflexiones de ambos, que rezuman dolor y ternura; viven seducciones y desesperanza, existen deseo y promesa en esas almas, hilachas de aquel velo de novia con las que bordan el génesis y el éxodo de su país ¿inventado?
No sé cómo cataloga este montaje la crítica especializada. Yo pienso que es una puesta en escena impecable de Nelson Cepeda, un acontecimiento de verdaderos oficios teatrales, con una actriz magnífica en todas sus encarnaduras y demoledoras corporalidades bajo la luz cenital, y un actor que deja resonando sus personajes más allá de sus nombres.
Asistir a esa experiencia es ligarse a la realidad comunicada en otro nivel, quitarle el cerrojo al milenario cofre de la hondura teatral, y dejar salir un delirio poético que al final amortaja a los personajes en un semicírculo de objetos-símbolos evocativos. Al renacer una vez más, encierran sus recuerdos en el mismo cofre para seguir cargando su caminata por la oscuridad, de frente a la moneda girando en el aire de una canción, hacia un destino conmovedor aferrado a los cirrus… Que no se quiebren pronto las brillantes esferas de sus palabras. Que sigan contando, para ser contados. Que no haya cúmulos de silencio.